Todos admiramos a alguien; pero probablemente la vida de esa
persona no sea tan buena como creemos… Y
quizá tenemos el hábito de restarnos méritos, sin pasearnos por la idea de que,
dadas las circunstancias, también podríamos ser admirados por alguien.
Más o menos en eso pensaba cuando escribí “Supercompinche”:
conocer a nuestros ídolos es lo máximo; pero también es de gran enseñanza
descubrir que arrastran sus dolores. Y a veces lo mejor que nos puede suceder
es enfrentar un problema entendiendo que solamente dependemos de nosotros
mismos para salir adelante… ¡Y hacerlo! ¿Qué tal si algún día terminamos siendo
héroes de nuestros héroes?
Claro, ese es solamente el pretexto. Porque realmente
vinimos aquí a ver un show, un espectáculo, fantasía. Lo que no es posible,
pero que ojala lo fuera. A pasar un buen rato. Y a disfrutar historias de amor.
Amor entre madres e hijos; entre amigos, pana, compinches; o incluso ese amor -¿equivocado?-
entre dos personas tan, pero tan distintas entre sí, que el flechazo se hace
inevitable.
No deseo que los chamos que vean esta pequeña historia dejen
de creer en Superhéroes, pero sí que crean un poco más en ellos mismos. No es
malo ver hacia afuera, aunque necesitamos ver un poco más hacia adentro.
Pero repito, esa es la excusa. Dejemos a la vida y al mundo
allá afuera y juguemos a observar por una ventana de la cuarta pared a esos
seres que no existen… Pero podrían existir. ¿O no?
Carlos Roa Viana